Las parejas comparten bacterias
Vivir con alguien deja huella en tu microbiota. La transmisión entre personas está medida a nivel de cepa, y explica cosas que antes se atribuían a la genética.
5 min de lectura · 6 referencias · Actualizado el 12 de septiembre de 2026
La microbiota no se hereda solo de la madre al nacer: se comparte con quien convives, durante toda la vida. Es uno de los hallazgos más sólidos y menos comentados del campo, y tiene implicaciones prácticas que van más allá de la curiosidad.
Cuánto se comparte, medido a nivel de cepa
El trabajo más completo analizó casi 10.000 muestras de personas de veinte países y siguió la pista de cepas concretas, no solo de especies. Sus conclusiones son claras: las parejas que conviven comparten cepas intestinales en una proporción muy superior a la de personas que no viven juntas, y ese porcentaje aumenta cuanto más tiempo llevan conviviendo [1]. La transmisión es aún mayor en la microbiota oral, donde el contacto es más directo.
Un estudio anterior ya había observado que las parejas casadas o que conviven tienen una microbiota más parecida entre sí que las personas que viven solas, y que la calidad de la relación se asociaba a esa similitud [2].
La casa entera, y el perro
La transmisión no es exclusiva de las parejas. En familias que conviven, los miembros comparten microbiota de la piel y del intestino entre ellos y con su perro, que resultó ser un vector de intercambio bastante eficaz [3].
Y no hace falta compartir techo: en un estudio en comunidades de Fiyi se rastreó cómo se transmiten los microorganismos a lo largo de redes familiares y sociales, con patrones distintos según la edad y el parentesco [4].
Por qué esto importa más de lo que parece
Porque cambia la explicación de un montón de cosas. Durante años se atribuyó a la genética la similitud de la microbiota entre familiares. Cuando se estudió con más de mil personas, incluidos individuos sin parentesco que compartían casa, el resultado fue el contrario: el entorno compartido explica mucho más que los genes [5].
Es decir, lo que hace que tu microbiota se parezca a la de tu familia es sobre todo lo que coméis, dónde vivís y con quién estáis, no vuestro ADN.
Empezar a convivir, y dejar de hacerlo
El detalle temporal del estudio grande es el que más llama la atención: la proporción de cepas compartidas crece con los años de convivencia, y quienes ya no viven juntos comparten menos que quienes siguen conviviendo [1]. La microbiota, en ese sentido, es un registro bastante fiel de con quién has pasado el tiempo.
En los primeros años de vida ese registro es sobre todo materno: la transmisión de madre a hijo es la más intensa y va perdiendo peso a medida que el niño crece y se relaciona con más gente [1]. Después toman el relevo los convivientes.
Nada de esto es motivo para cambiar de hábitos de higiene. Es, más bien, un argumento a favor de la vida social: la exposición a microorganismos de otras personas es una de las vías por las que se mantiene la diversidad, y el aislamiento no juega a favor.
Lo que esto no significa
Aquí conviene frenar. Que se compartan bacterias no significa que se contagie la obesidad, la diabetes ni el estado de ánimo. Es cierto que en redes sociales amplias se ha observado que el peso de las personas cercanas se relaciona con el propio [6], pero ese fenómeno se explica sobre todo por hábitos compartidos, y ningún estudio ha demostrado que la transmisión microbiana sea el mecanismo.
Tampoco significa que convivir sea un riesgo. Compartir microorganismos con las personas con las que vives es lo normal, es parte de cómo se ha construido siempre la microbiota humana, y la diversidad que aporta el contacto social tiende a ser favorable, no lo contrario.
Lo que sí puedes hacer con esta información
Si cambias hábitos, hazlo en casa y en conjunto. Un cambio de alimentación que afecta a toda la casa tiene más probabilidades de sostenerse y afecta a varias microbiotas a la vez.
No te compares con tu pareja al leer un informe. Dos personas que comen casi lo mismo pueden tener perfiles distintos, porque también influyen el tránsito, los fármacos, la edad y la historia de antibióticos.
Si vais a haceros un test los dos, hacedlo a la vez. Tiene más valor comparar dos fotos del mismo momento que dos separadas por meses.
Y la parte menos glamurosa: los antibióticos que toma uno no alteran la microbiota del otro, pero los hábitos que se instalan en casa sí lo hacen, en los dos sentidos.
Qué puede ver un test de microbiota
Describe tu ecosistema: diversidad, grupos presentes y, con metagenómica, especies y funciones. No identifica de quién te viene cada bacteria, que es lo que hacen los estudios de transmisión con herramientas mucho más finas. Si quieres entender qué mide cada tecnología, está en qué es la microbiota intestinal.
Preguntas frecuentes
¿Las parejas que conviven tienen la misma microbiota? No la misma, pero sí bastante más parecida: comparten cepas intestinales en mucha mayor proporción que quienes no conviven, y el parecido aumenta con los años de convivencia.
¿Se contagia la microbiota al besarse? Se comparten microorganismos, sobre todo de la boca, donde la transmisión entre personas que conviven es mayor que en el intestino. Es normal y no es un problema de salud.
¿Puedo «pegarle» a mi pareja una microbiota mala? No funciona así. Se comparten microorganismos, pero el estado de salud no se transmite con ellos, y los hábitos compartidos explican mucho más que el intercambio microbiano.
¿El perro afecta a mi microbiota? Sí. En familias que conviven con perro se observa intercambio de microbiota entre las personas y el animal, sobre todo en la piel.
¿La microbiota se hereda de los padres? La primera colonización viene del nacimiento y la lactancia, pero a lo largo de la vida pesa mucho más el entorno compartido que la genética.
¿Tiene sentido que nos hagamos el test los dos? Puede ser útil si convivís y queréis cambiar hábitos juntos. Conviene hacerlo a la vez, y recordar que cada informe se interpreta por separado, con un profesional.
Referencias
[1] M. Valles-Colomer, A. Blanco-Míguez, P. Manghi et al., "The person-to-person transmission landscape of the gut and oral microbiomes", Nature, vol. 614, n.º 7946, pp. 125-135, 2023, doi: 10.1038/s41586-022-05620-1
[2] K. A. Dill-McFarland, Z. Z. Tang, J. H. Kemis et al., "Close social relationships correlate with human gut microbiota composition", Scientific Reports, vol. 9, n.º 1, 2019, doi: 10.1038/s41598-018-37298-9
[3] S. J. Song, C. Lauber, E. K. Costello et al., "Cohabiting family members share microbiota with one another and with their dogs", eLife, vol. 2, 2013, doi: 10.7554/eLife.00458
[4] I. L. Brito, T. Gurry, S. Zhao et al., "Transmission of human-associated microbiota along family and social networks", Nature Microbiology, vol. 4, n.º 6, pp. 964-971, 2019, doi: 10.1038/s41564-019-0409-6
[5] D. Rothschild, O. Weissbrod, E. Barkan et al., "Environment dominates over host genetics in shaping human gut microbiota", Nature, vol. 555, n.º 7695, pp. 210-215, 2018, doi: 10.1038/nature25973
[6] N. A. Christakis y J. H. Fowler, "The Spread of Obesity in a Large Social Network over 32 Years", New England Journal of Medicine, vol. 357, n.º 4, pp. 370-379, 2007, doi: 10.1056/NEJMsa066082